Mens Insana In Corpore Insano N

mici-magnusHace mucho tiempo, en un lugar muy distante… una guerra llegaba a su fin. O quizás sea dentro de miles de años, en una galaxia bastante cercana.

Quién sabe.

El punto es que haba un joven soldado, recién llegado al frente de batalla. Recién salido del apresurado curso de entrenamiento en el que convertían cuasi-imberbes adolescentes en hombres, o lo más parecido a un hombre. Alcanzaba con que pudieran manejar su arma sin matarse a ellos mismos, y que pudieran apuntarla a los enemigos.

Tampoco llego al frente; sino a un puesto de vigilancia bastante tranquilo, bastante apartado. El joven soldado soñaba con ver algo de acción, su mente idealizaba las batallas en las que muchos como él habían muerto ya. Pero ya saben cómo son los jóvenes… este, en particular, alternaba las ansias de gloria con el clásico “que harás cuando termine la guerra”. Nuestro joven “héroe” soñaba con ser mecánico. Le encantaban los aparatos, desarmarlos, y volverlos a armar. A veces sobraban piezas, pero era parte del aprendizaje.

Entre conversaciones e interminables guardias pasaban los días. Mientras los soldados, tanto en el frente, como en los puestos de retaguardia hacían lo suyo, los generales, de ambos bandos, pactaban el fin de la guerra. No importa qué lado ganó, o cual se rindió. Pero la guerra estaba por terminar.

Nuestro joven protagonista, completamente ignorante de lo que acordaban hombros llenos de galones y pechos llenos de medallas, salió de la garita de guardia una noche de mucho viento. La letrina estaba muy lejos de la garita, así que simplemente dio la vuelta a una barraca cercana, y procedió a orinar contra la pared. En ese instante en que uno de los tablones, flojo por el paupérrimo estado de mantenimiento del cuartelillo, fue arrancado por el viento. ¿El destino final del tablón? La cabeza de nuestro joven raso.

Muerto. Muerto sin llegar a ver el combate que sus sueños de gloria prometían. Muerto sin llegar a ser el mecánico que ansiaba su vocación.

Muchas veces las cosas nacen para no llegar a ser lo que podrían haber sido, o lo que querrían ser. Y este cuento fue inspirado por una de esas historias. No, nada tan trágico como la muerte de un joven. Algo mucho más banal que todo esto; pero que hizo volar mi imaginación en las alas de una tragedia infinitamente pasajera, leve y antojadiza.

Como muchos sabrán, además de escribir en esta excelsa revista, yo soy guionista y autoeditor de comics. Editar comics cuesta mucho dinero, aquí en Uruguay, y probablemente en cualquier lado. Y por cuestiones de presupuesto hay que sacrificar ciertos aspectos de la obra que uno pretende publicar. Y no solo presupuesto financiero, sino presupuesto de tiempo. Que el comic, a pesar de ser publicado en la web, no va a poder ser a colores porque no da el tiempo de colorearlo. Que aunque tengamos el tiempo y las posibilidades, el libro no va a poder ser en colores porque saldría el triple o el cuádruple de dinero por la misma tirada, y una tirada un tercio o un cuarto menor seria un desperdicio.

¿Qué tiene que ver todo esto con lo que escribí sobre el pobre soldadito? Bueno, en mi país hay una cadena de pequeños autoservicios que además se especializan en canastas navideñas o empresariales, con unos vinos, chocolates, nueces, etc. Y en esta época del año, hacen su zafra. En muchos trabajos se organizan los llamados “amigos invisibles”, ese intercambio Pokies de regalos por sorteo que los gringos llaman “Secret Santa”, y uno de esos trabajos es el de mi mujer.

Como sabe que al compañero que le tocó regalarle le gusta (sin segundas intenciones ni ironías) la bebida, pensó en regalarle una de estas canastas navideñas algo sencillo pero de buen gusto. Como yo ayer necesitaba salir a hacer unos mandados, y una de mis vueltas me llevaba a un centro comercial donde se encuentra un local de esta cadena, me pidió que recogiera un catalogo de las canastas navideñas.

Llegue al local, y con pudor de pedir “un catalogo”, pedí un “folleto con las canastas”. Y lo que me dieron no era ni una cosa ni la otra. Era un libro de generosas dimensiones, papel grueso y satinado, y de unas 30 o 50 páginas. Y era completamente a color. Lleno de fotos. Un verdadero desperdicio, cuando su fin es solo mostrar canastas, y que probablemente nosotros no compráramos una de las más suntuosas.

Mi mente empezó a pensar (en base a presupuestos que estuve estudiando) cuánto costaría imprimir uno de esos catálogos. Y de cuanto sería la tirada. Y el precioso comic que podría yo editar con ese presupuesto, ese papel, y esa calidad de impresión. Tenía que seguir haciendo mis mandados (mandados por mí mismo, salvo lo del catalogo), por lo que puse el catalogo bajo mi brazo, junto con el estuche en el que porto mi tablet.

Mientras hacía fila en el cajero, leía una novela en mi tablet, con el catalogo bajo el brazo. Mientras hacía fila en un local de transporte para recargar mi tarjeta de autobús, leía mi novela, y… lo adivinaron, el catalogo estaba bajo mi brazo. Caro, lujoso, y a colores.

Tome un ómnibus hacia mi siguiente destino, y el catalogo viajaba sobre mi falda mientras yo seguía leyendo. Me bajé en la parada equivocada y caminé varias cuadras de más… con el catalogo bajo el brazo. Recogí lo que tenía que recoger en el último lugar que visité, y puse el paquete bajo mi brazo, con el catalogo. Papel grueso, tapas suaves. Caro, lujoso.

Me subí a otro ómnibus (el cuarto que abordé en esa noche), y me senté en un asiento de los que van al costado del guarda (un tipo que expide los boletos… de una maquina automática), quien va parapetado en una especie de tarima/cuasi-casillita. Estos asientos no van orientados en el sentido que circula el ómnibus, sino que van mirando al pasillo. Les dicen “el asiento de los bobos” aquí en Uruguay. El catalogo, el paquete, y el estuche de mi tablet viajaban entre mi humanidad, y la semi-casillita del guarda.

Y allí iba, leyendo mi novela (una de Star Wars, por cierto), cuando sube una señora con un niño pequeño. Más allá de que faltaba poco para que me bajara, no iba a dejar que la señora y el niño viajaran parados. Procedí a guardar mi tablet en su estuche, agarrar el paquete que llevaba (mi sushi), y claro, el catalogo. El catalogo.

El mismo que se cayó entre el asiento y la casillita. El mismo que terminó atrapado entre la mampostería de los asientos del bus. El mismo que nunca sería un hermoso comic a todo calor, en papel grueso y satinado, y con una cubierta suavecita. El mismo que nunca serviría para mostrarnos toda la gama de caras y completas canastas navideñas que nunca compraríamos.

Ni una cosa, ni la otra.

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