Grand del Desierto

Dentro de los desérticos parajes de su tierra natal, el desierto de Ers en la isla de Ararand. Grand decidió partir una mañana de su hogar. ¿Qué lo impulso a tal sorpresiva decisión? Fue una pregunta que se comenzó a realizar ya pasado varios años, sentado en su trono. ¿como es que llegué a este punto?

Más aún, mientras Grand, amo y señor de los desiertos comenzó a reformular su vida, los recuerdos de viejas aventuras comenzaron generar sonrisas de satisfacción y formar imágenes en su cabeza, desde ser un ladrón de frutas en el mercado de una ciudad ya olvidada, a convertirse en un poderoso señor del desierto.

Corre, salva tu vida, tropieza, no robes eso – Parte I
Durante las noches, el desierto rocoso de Ers, alcanzaba altísimas temperaturas y durante el día estas bajaban hasta el punto de generar nieve en algunas rocas. ¿A qué se debía?, nadie lo ha sabido jamás, las tribus que habitan en ese desierto lo atribuían a una vieja batalla entre los espíritus del hielo y los espíritus del fuego, la cual fue tan poderosa que fue capaz de influir de tal forma en el clima del desierto. Es por eso que siempre viajaban hechiceros, sacerdotes e investigadores, para obtener más conocimiento de este extraño desierto ubicado en el último rincón del mundo.

Grand se encontraba tras unas rocas, observando como un grupo de investigadores con una extraña máquina sacaban pedazos de tierra en forma de tubo. Era entrada la noche y todos vestían ropas livianas, Grand solo vestía pantalones de piel de lagarto y una pequeña espada cruzada en su espalda. Él medía al menos 1.50 metros de estatura, de pelo rojizo, corto y disparejo, piel tostada por el sol, ojos de color cobre y varias pecas se asomaban por su cara y espalda. Había pasado sus 13 años de vida en el desierto, junto a su tribu, a su edad ya podía ser considerado un experto cazador, quizás es por eso que tomó la decisión de alejarse de su familia. El plan era simple, avanzar de noche, registrar las pertenencias de los visitantes y robar lo más posible para poder realizar algún trueque por comida y de ser posible un arco y flechas que le estaba haciendo falta para poder cazar. Los visitantes no podían ver claramente en la obscuridad, pero Grand podía captar sus siluetas claramente, aunque ni siquiera estuviese la luna llena sobre su cabeza.

Debido a que los visitantes, al menos como Grand los llamaba para sí, no eran criaturas de hábitos nocturnos, a diferencia de Grand y su pueblo, la espera no resulto extensa. A las pocas horas fueron a recostarse, exhaustos, en sus cuadrados de madera, como Grand nombró a esos cuartos donde fueron a descansar.

Comenzó a acercarse lentamente, espada en mano. Se trataba de una espada hecha de hueso de algún tipo de animal que en una ocasión Grand había encontrado botada a mitad del desierto, ya habían pasado varios años y la poca sutileza con que descargaba sus golpes habían producido que comenzara a perder filo y trisarse poco a poco, pero si perdía alguna pieza, al menos servía de garrote (siempre fue un pensamiento práctico de su tribu). Grand pasó al lado de la extraña máquina, esta tenía un tubo que se metía bajo tierra, extrañas serpientes que se conectaban al mismo tubo y desprendía un vapor bastante repulsivo al oler. Sin tomar más atención prosiguió su camino, había cuatro cajas de madera. Grand, dentro de sus deseos de obtener riquezas, rápidamente escogió la más grande, la del tipo alto, delgado, de barba larga y vestido con ropa de mujer (túnicas en otras regiones del mundo conocido). Ingresó tranquilamente, a paso lento, siempre espada en mano, sintió como el hombre vestido de mujer roncaba fuertemente, lo cual le dio la seguridad de poder llevarse lo que quisiera.

Examinando la pieza notó que había muchos frascos de líquidos extraños, se encontraba una pared con muchas anotaciones en un idioma que no comprendía, y tampoco hubiera entendido si supiera el idioma, ya que leer no estaba dentro de las prioridades de su tribu. Observó que al costado del hombre había una piedra que emanaba luz, sorprendido ante tal objeto, Grand la tomó, pero ésta proyectaba luz por entre de sus dedos, por lo cual la guardó en sus pantalones. Ya a oscuras se sintió totalmente confiado y comenzó a retirar piedras que estaban colgando, un par de raciones, uno que otro frasco de color, realmente todo servía, todo podía ser cambiado por armas y comida. Hasta que llegó a un rincón de la pieza, en el cual se encontraba un báculo depositado en la pared, de color blanco, tan blanco que daba la impresión de emitir luz, poseía extraños diseños, algunos de ellos en forma de criaturas, en una sucesión que a Grand le trajo recuerdos sobre una caverna que visito unos años atrás.

Sorprendido por aquel detalle y por la manufactura con que fue fabricado, lo tomó sin reparos, pero inmediatamente comenzó un sonido agudo bastante molesto, que lleno la habitación y el campamento en general.

El hombre vestido de mujer se incorporó inmediatamente, al no detectar la piedra de luz, pronunció unas palabras extrañas y la habitación se iluminó por completo. Grand observó al hombre, de tez pálida, pelo corto y barba bien cuidada, este al ver al pequeño ladrón en su pieza comenzó a pronunciar una serie de palabras, que sin la necesidad de saber el idioma, Grand las interpretó como una serie de insultos y maldiciones. El pequeño tomó el báculo con firmeza y corrió inmediatamente hacia la puerta, instintivamente se lanzó sin miedo contra la salida al mismo tiempo que una explosión lo impulsaba hacia fuera, cayo de bruces en el piso y se volteó, fuese lo que haya sido eso, se salvó por un pelo.

Los ayudantes del hombre extraño salieron a cerrarle el paso, por lo cual Grand tomó el báculo con ambas manos y comenzó a repartir golpes como mejor sabía hacerlo, a las zonas más nobles del cuerpo. Los dos ayudantes que habían salido a detenerlo cayeron al suelo adoloridos, uno sobándose las canillas y el más desafortunado la entrepierna.

Cuando el hombre vestido de mujer terminaba de preparar su otro hechizo, Grand ya se encontraba a una distancia considerable como para poder darle con seguridad.

«Levanten el campamento y guarden las herramientas.» dijo el hechicero «mientras prepararé un hechizo para ubicar a ese maldito ladrón», luego sonriendo miro a sus hombres «Lo usare como experimento cuando lo atrape.» sentenció.

Inmediatamente los ayudantes del hechicero se pusieron en campaña, en total eran cinco ayudantes más su líder hechicero. En sus bolsos y cajas en las que procedieron a guardar los materiales y herramientas se encontraba un escudo de armas en particular, perteneciente a una de las familias más importantes de alguna ciudad bastante lejana.

Los “cuadrados de madera”, como las había llamado Grand, eran cajas de descanso mágicas, las cuales con la palabra de mando adecuada se encogieron hasta quedar del tamaño suficiente como para entrar en un bolsillo. Una vez terminados los preparativos, el hechicero conjuró monturas mágicas y auras de protección contra el clima, las cuales les permitirían avanzar sin problemas durante el frío clima que se presentaba durante el día en aquel desierto. El hechicero no se mostraba preocupado, ya había localizado a Grand y sabía que le daría alcance rápidamente.

¡Continuará!

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